Viaje en moto al cementerio: la última entrega de Wilmer Arriechi
“¡Ay, Dios mío, Wilmer! ¡Ay, mi vida, hijo! ¡Wilmer, papi, te compré unas luces para que no estés en la noche tan oscuro, Wilmer!”. En un video familiar, de abril de 2026, Janet Añez visita a su hijo Wilmer Arriechi en su tumba en el Cementerio Sagrado Corazón de Jesús. Sobre la cripta se ve la imagen del joven de 27 años sobre una moto con la fecha de nacimiento y de muerte al lado de la imagen de la Virgen María.
La señora Janet no puede respirar. El dolor de su llanto es el vivo retrato que a diario sufren en promedio cuatro familias venezolanas por la muerte de un ser querido en un accidente en moto, según cuentas de la Asociación Civil para la Prevención de Accidentes de Tránsito (Asotránsito) que detallan que cada seis horas un motorizado fallece en el país.
Sí. Hablamos de unos 1460 velorios anuales.
En el lado más oscuro de las estadísticas se cuece una tragedia con un perfil demográfico consistente en todo el mundo.
Las víctimas de los siniestros de motocicleta suelen ser personas del sexo masculino. Los registros en América del Sur de diversos estudios resaltan que entre el 77% y el 86% del total de fallecidos forman parte de dos grupos de edad: entre 16 y 30 años o 18 y 44 años. Wilmer encaja en ese perfil.
Para la señora Janet el impacto emocional resulta demoledor.
Su único hijo se ganaba la vida como repartidor para la empresa Quick Rider y ahora cada vez que ve a un motorizado cumpliendo ese rol en Pueblo Nuevo, cerca de la franja lacustre del sector nor-oriente de Maracaibo -donde ambos vivían- los ojos se nublan y el piso se mueve.
Carreteras o guillotinas
Antes de la colisión en la que perdió la vida Wilmer no tuvo ningún accidente grave, pero su tragedia no fue un hecho aislado.
En su informe más reciente, de marzo de 2026, el Observatorio de Seguridad Vial registró 351 accidentes de tránsito en donde 145 personas fallecieron y otras 456 resultaron lesionadas.
Juan Hernández, nombre sugerido, protagonizó tres accidentes en menos de dos años.
Con estudios de Contaduría Pública, este padre de tres hijos y un nieto, no encontraba un empleo para sostener su hogar a los 50 años. Desde el extranjero, una hija le propuso comprarle una moto para que generara dinero como repartidor. Y así sucedió. Sin mayor experiencia, salió a la calle.
Poco después de comenzar a trabajar como delivery ocurrió mi primer accidente. Yo iba por mi vía y venían carros de frente. Una señora intentó adelantar a otro vehículo y no se dio cuenta de que yo venía. A mi lado también iba una muchacha en una moto, un poco más atrás. Cuando la señora intentó pasar el carro, logré esquivarla un poco, pero me terminó golpeando el guardafango trasero del vehículo y caí al piso”, cuenta.
El casco que llevaba puesto, cuenta, le salvó la vida después de que una de las ruedas delanteras pasara por encima de su cabeza. En Juan se cumplió la máxima internacional que apunta que un casco en buen estado puede reducir 73% el riesgo de muerte y 85% las lesiones graves.
Quedó semi-inconsciente. Una persona que vio lo ocurrido le contó que la responsable del accidente se bajó del carro, lo miró e hizo una llamada telefónica. Se montó de nuevo en el vehículo y se fue dejándolo a su suerte. “Ese primer accidente, gracias a Dios, no me dejó secuelas graves. Perdí quince días de trabajo por los traumatismos mientras me recuperaba", agrega Hernández.
El último día de Wilmer
Un motorizado tiene entre 9 y 30 veces más probabilidades de morir por kilómetro recorrido que el ocupante de un automóvil.
En regiones como las Américas, los motociclistas son el grupo de víctimas mortales en carretera de más rápido crecimiento. Las estadísticas en Venezuela son una muestra: protagonizan siete de cada 10 muertes por accidentes de tránsito.
Allegados dibujan a Wilmer como un joven amable, sonriente y feliz. “Donde llegaba era muy querido”, aseguran. Llevaba 8 meses en pareja y con su trabajo ayudaba a mantener a un bebé.
Acababa de cumplir dos años como repartidor y era pegamento para sus compañeros de trabajo. Lo adoraban.
En la tarde-noche del 8 de septiembre de 2024 lavó su motocicleta con su característico entusiasmo. Luego conversó con su mamá. Cuando terminó, se bañó y vistió, y le dijo que saldría a trabajar, que iba entregar un pedido por el Colegio El Pilar.
La señora Janet jamás pensó que era la última vez que vería a su hijo con vida.
En la noche, pasadas las 9:30, mientras millares de venezolanos estaban atentos a las noticias en sus teléfonos y equipos computarizados, tras la marcha a Madrid, España, de Edmundo González Urrutia, a la familia Arriechi se le abría la tierra en dos.
Un hombre a bordo de una camioneta marca Changan, modelo Kaicene F-70, color gris, impactó bruscamente a Wilmer y lo dejó, inicialmente tendido sobre el pavimento.
La doble cabina, según testigos, avanzó y retrocedió pasándole nuevamente por encima. El casco se partió en dos. El conductor iba acompañado de otra persona. Intentó darse a la fuga, pero lo capturaron.
Ocurrió en la calle 57ª con avenida 12 de la Urbanización El Pilar, en la parroquia Olegario Villalobos.
Ver la muerte a los ojos
La historia de Juan no terminó en un solo accidente. Meses después sufrió otros dos, el último de ellos el más grave.
En esa ocasión, relata, estaba detenido en un semáforo esperando que cambiara la luz y cuando pasó de rojo al verde dio marcha a su motocicleta, sin darse que cuenta un vehículo que se desplazaba a toda velocidad le llegó en la rueda delantera de la moto.
El impacto me dejó tirado en el suelo y el conductor se dio a la fuga. Me destruyó la moto y tuve que ser trasladado a una clínica, donde permanecí hospitalizado. Terminé quedando sin moto, sin trabajo y todavía con secuelas físicas del choque”, se queja.
Hoy, la motocicleta está arrumada y él apuesta por el comercio para relanzarse. Se reconoce pese a todo como alguien con suerte. Que pudo haber fallecido en la carretera, como le sucedió a un amigo.
“A él lo atropellaron a las 12:00 del mediodía, en el semáforo de El Tacón, que en ese tiempo estaba fallando”, precisa Juan, quien explica que cuando estaba en rojo en un lado el otro tenía las luces apagadas.
El verde lo tenía el compañero de nosotros y él pasó, pero el que iba de Delicias Norte hacia el Centro no veía luz prendida y pensó que estaba en verde también. Lo agarró medio a medio y lo bombeó unos 15 metros. Cayó muerto. Lo peor es que al responsable no se lo llevaron preso”, comenta.
Muy parecido sucedió con Wilmer. Luego de que al conductor que lo atropello lo detuvieran, aparecieron unos nubarrones inmensos.
Arriechi fue trasladado con urgencia al Hospital Adolfo Pons y de allí al Hospital Universitario de Maracaibo, donde un enjambre de repartidores acompañó a Janet y otros familiares. Dos horas después dejó de respirar. Del responsable sólo se supo que era alguien con dinero, pero en ninguna parte apareció tan siquiera un informe con los datos.
“Él planeaba conformar una familia con su pareja. Su sueño era ser papá”, agrega una persona muy cercana.
Janet Añez no entiende de cifras o estadísticas.
Deshecha, casi dos años después, visita a su hijo Wilmer en el Cementerio Corazón de Jesús. Le habla entre sollozos y gritos, como si todavía pudiera escucharlo. Le lleva flores y recuerda al muchacho sonriente que soñaba con formar una familia y convertirse en padre.
“Sufre mucho. No hay un día que no lo piense. Llora todos los días. Ver pasar a un muchacho que trabaje como delivery le afecta mucho. No ha faltado ni un domingo al cementerio, no ha sabido vivir sin su hijo", precisa un familiar que suele acompañarla, y limpiar con un pañuelo sus lágrimas.
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