Aníbal Sánchez: Discursos de Delcy Rodríguez y María Corina demuestra que «hablan el mismo idioma»
Sobre la relación con Estados Unidos dijo que es «de absoluto respeto». «Mi presencia en Venezuela es la demostración de que esa transición avanza».
Hay momentos en los que los mensajes públicos de Delcy Rodríguez y de Maria Corina, más allá de estar bien estructurados, pueden sonar parecidos. Ambos hablan de elecciones, aunque en tiempos distintos y sin definir con claridad el tipo de proceso. Coinciden en la necesidad de una reforma del sistema de justicia y en la conformación de un nuevo CNE una vez sentadas ciertas bases; lo que para unos es condición de credibilidad, para otros se reduce a un trámite. También se puede aplaudir el discurso de respeto a los derechos humanos y políticos, siempre que no se confunda con impunidad. Y cierran con el cliché de que la ruta es democrática y pacífica a través del diálogo político: uno lo promueve, mientras otros se cuidan y dicen apostar a ese diálogo sin formar parte plena. Esa convergencia de sonidos no es casual. Es el resultado visible de una coerción que opera sobre ambos lados y que no proviene del facilitador formal, que también realiza sus operaciones de control de daños; ante un actor externo de la misma casa, que en este momento fija el techo y el piso de lo que se puede decir y hacer en público. De ahí surgen las simplificaciones como “déjela entrar” o “reúnase con ella”. Esa presión empuja a todos a hablar el mismo idioma institucional. Pero como es el detrás de las cámaras, sabemos que esa no es la línea lógica de sus pensamientos ni el verdadero sentir de sus bases de adeptos. Para quienes vienen del aparato del Estado, la renovación institucional y la alternabilidad no formaban parte de su diseño original. Para quien ha construido su liderazgo en la confrontación y en la demanda de un cambio de fondo, aceptar plazos acotados y mesas limitadas tampoco es su posición natural. Eso obliga a ambos a un ejercicio de liderazgo interno: explicar a los suyos por qué ahora se dice lo que se dice y hasta dónde llega lo que se puede hacer. Si esta táctica se traslada a las bases, sirve para contener, para evitar el desborde y para abonar en la fase de estabilización y recuperación mientras se negocia con quienes todavía tienen el control operativo y las capacidades del Estado. Reduce el riesgo inmediato de desbordamiento y abre espacio a los acuerdos. El límite es que no genera adhesión real: genera acomodo, una espera o silencio táctico. Cuando se prolonga, acumula frustración que luego busca otras salidas. En paralelo, desde afuera, quienes no abandonan su pragmatismo ni su agenda política interna saben que este escenario puede dejar un saldo político positivo de cara a 2028, en áreas que importan a sus electores. Bajan la temperatura de forma inmediata sin apagar por completo un sentir que sigue ahí, detrás de un espíritu nacionalista nublado por necesidades reales y por la urgencia de resultados concretos. Esa contención del terreno le da aire a los que median, pero también genera la percepción, en otros sectores, de que se está jugando con gasolina: dos ritmos, dos narrativas y una ciudadanía que termina recibiendo señales contradictorias sobre hasta dónde llega realmente el cambio y hasta dónde se administra el tiempo.
— Anibal E. Sanchez Ismayel (@AnibalSanchezOF) November 1, 2026
